Calesita

Un Himno de Adviento

Bartolomé E. Murillo (1617-1682)
La Encarnación
Verbum supernum prodiens, es uno de los Himnos de la Iglesia primitiva. Su autoría se otorga a San Ambrosio (337-397), obispo de Milán. Se canta en Maitines, y su primera estrofa dice:
Verbum supernum prodiens,
E Patris aeterni sinu
Qui natus orbi subvenis,
Labente cursu temporis:
¿Qué es Navidad? Lo que afirma la 1ra. estrofa del himno, el Verbo o el Logos celestial (supernum) que se engendró (prodiens) en el seno (sinu) de Dios Padre eterno, nació (natu) para venir en auxilio (subvenis) del mundo (orbi), al consumirse (labente) el curso del tiempo.
De esta generación eterna, sobreviene en el tiempo la segunda generación del Logos del Padre eterno, en el seno de la Virgen María; a quien se canta en el Himno de Maitines en su festividad:
A quien el mar los astros y la tierra
reverencian, adoran y engrandecen,
y a su gobierno y orden obedecen,
el sagrado claustro de María encierra.
Este es el misterio contemplado, y al ser meditado produce en nosotros la segunda estrofa:
Illumina nunc pectora,
Tuoque amore concrema,
Ut cor caduca deserens
Cæli voluptas impleat.
Este es el misterio que ahora (nunc) da Luz (illumnina) al corazón (pectora), pues sin esa Luz no se puede caminar por este mundo que hoy, más que nunca, yace en tinieblas. La Luz no solo afecta el conocimiento, sino que quema por completo (concrema) mediante el amor, para realizar dos operaciones: vaciar (deserens) el corazón de las cosas vanas (caduca), y se vacía porque luego se debe llenar (impleat) con el gozo (voluptas) celestial (cæli).
Escribía Santa Catalina de Siena en su Oración a la Trinidad:
¡Oh Trinidad eterna, fuego y abismo de caridad, disuelve de una vez la nube de mi cuerpo!
Esto es lo que se debe hacer en Navidad, despojarse de lo profano, vacuo y caduco, pues esta kénosis, esta ascesis no es dolorosa, sino placentera, pues se reviste del placer celestial que inunda el corazón. Es el fuego del amor, que procede de la kénosis, del incendio de todo lo vano, porque como decía Santa Catalina:
Tú eres fuego que siempre arde y no consume.
Hoy la Navidad, se hizo profana, es decir, se ha profanado el misterio de Navidad, y en esta fiesta antropológica, el corazón de los hombres no se vacía, no existe kénosis; sino que por el contrario, se llena de lo vacuo, caduco y vanidoso: regalos, borracheras, comilonas en una escenografía donde un viejo, con los atuendos de una popular bebida cola, ha reemplazado el misterio que debía ser contemplado.
Todo esto indica que adviento es una cuaresma, que requiere sus días de ayuno, no solo para alejarse de una iglesia protestantizada y judaizada, la cual, como en una Hanukkah judía, enciende velas. Pero también es necesario alejarse de un mundo antropológico, y despojarse de lo humano, pues este despojo nos hace acceder al proceso de divinización.
Si el Verbo del Padre, se despoja de su divinidad para hacerse hombre; el católico se despoja de su humanidad para hacerse Dios. Es aquí donde las comilonas y borracheras dejan de tener sentido en Navidad. Nuestra kénosis, nuestra ascesis, nada tiene que ver, con las endiabladas ideas bergoglianas, para quien esto puede tomarse como un cerrarse en sí mismo, con su deducción lógica de que esta kénosis, es una mundanidad. Nada más pueril y torpe, pues cuando no se puede remontar vuelo en la contemplación, llegamos a lo chabacano, a lo antropológico, al Hanukkah y al torpe viejo tonto, con los extravagantes atuendos del color de una vulgar bebida cola.
Hasta aquí esta contemplación del misterio adolece de algo, que es lo que presentará en la tercera estrofa:
Ut, cum tribunal Judicis
Damnabit igni noxios,
Et vox amica debitum
Vocabit ad caelum pios.
Navidad, no puede dejar de contemplar la prolepsis de la Segunda Venida de Jesucristo. Sin esta contemplación futura, no existe Navidad. El autor toma un motivo de esta Segunda Venida: el Juicio Divino.
El resultado de este juicio, es singular, pues el fuego (igni) dañará a los culpables (noxios), aquellos que no realizaron su kénosis, aquellos que no pidieron perdón, que en definitiva son los únicos juzgados. Aquí están las dos facetas del fuego divino: fuego de amor que incinera lo caduco y fuego justiciero que alcanza a los que no encendieron el fuego del amor divino. Si no se quiere ver dañado por el fuego del juicio, es menester encender el fuego del amor.
O como también dice el Mensaje 66 de La Madre de la Humanidad:
Él vendrá a juzgarnos, sí, pero está dando mucho, muchas oportunidades para que sean cada vez menos los juzgados y más los perdonados.
Cuando se procede al perdón, el juicio ya no tiene sentido.
Mientras esto ocurre una voz amiga llamará (vocabit) a los píos, a los ascetas que buscaron la divinización, los llamará hacia los cielos, pues se hicieron acreedores a él (debitum) mediante este fuego sacro.
Como dice San Pablo:
Así se verá el día en que, según mi evangelio, juzgará Dios por Jesucristo las acciones secretas de los hombres. (Rom.2,16)
Por ello advierte la cuarta estrofa:
Non esca flammarum nigros
Volvamur inter turbines,
Vultu Dei sed compotes
Cæli fruamur gaudiis.
No dejemos que en ese momento, nos envuelva (volvamur) el negro torbellino (turbines) de las llamas (flammarum), sino que por la participación (compotes) del Rostro de Dios, gocemos (fruamur) los gozos del cielo.
En esto consiste la bienaventuranza, en la visión beatífica de Dios, lo cual inunda a la persona de eterno gozo, pues por la participación en el fuego sacro, alcanzó su divinización, es decir, el hombre alcanzó el fin por el cual fue creado.
La última estrofa, es la doxología con la cual terminan todos los Himnos:
Patri simulque Filio,
Tibique Sancte Spiritus,
Sicut fuit, sit jugiter
Sæclum per omne gloria.
Amen.
Lo que sigue es una versificación, de esta traducción:
Oh Verbo soberano que brotaste
Del seno de tu Padre sempiterno,
Y que naciste para bien del mundo
Al declinar el curso de los tiempos:

Alumbra nuestros pechos con tu brillo,
y con las llamas de tu amor incéndialos
Para vaciarlos de lo transitorio,
Para llenarlos del afán del cielo;

Para que cuando el Juez que ha de juzgarnos
Condene al fuego eterno a los perversos
Y llame al cielo, con su voz amiga,
A los que buenos y piadosos fueron,

No nos perdamos en el torbellino
Devorador del infernal incendio,
Sino que viendo a Cristo cara a cara,
Compartamos su gozo duradero.

Gloria sin fin al Padre soberano,
Y al Hijo que ha nacido de su seno,
Y al Espíritu Santo que los une
Y que es el verdadero Dios con ellos.
   Amén

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